Zimbabue

Etapas

28/02/2016 Marula – Bulawayo (88 Km).

29/02/2016 Bulawayo – Shangani (89 Km).

01/03/2016 Shangani – Gweru (80 Km).

02/03/2016 Gweru – Kadoma (118 Km).

03/03/2016 Kadoma – Selous (70 Km).

04/03/2016 Selous – Harare (90 Km).

05-07/03/2016 Descanso en Harare (18 Km).

08/03/2016 Harare – Mpinga (82 Km).

09/03/2016 Mpinga – Madadzi (127 Km).

10/03/2016 Madadzi – Makuti (103 Km).

11/03/2016 Makuti – Kariba (74 Km).

12/03/2016 Descanso Kariba.

13/03/2016 Kariba – Aldea Sikoongo´s Chief

Zimbabue: Conociendo lo desaconsejado

Entré en Zimbabue como una hoja en blanco, sin saber que encontraría. De hecho, en Botsuana me advirtieron que extremara las precauciones y que desconfiara de todo el mundo.

Después de pagar 30 dólares por el visado, solo me quedaban 4 en el bolsillo. Los invertí en pan de molde, mantequilla de cacahuete y varias sopas instantáneas de noodles. Al atardecer, llegué al pequeño pueblo de Marula, y preguntando por donde podría acampar de forma segura, todas las personas me indicaron que fuera a la escuelita.

Allí me recibió la directora y decenas de niños, que a pesar de ser fin de semana, viven en las instalaciones debido a que no pueden costearse el autobús desde sus casas hasta el colegio. La tormenta estaba cerca y me esperaba una noche pasada por agua. Pero me dejaron ocupar una de las clases y pude dormir más tranquilo.

Por la mañana preparé a Bucéfalo para hacer una pequeña exposición de mi viaje a los curiosos chavales. Les expliqué en que consistía mi aventura y cómo a pesar de tener pocos recursos, con trabajo duro, determinación e ilusión, podemos llegar muy lejos. Fue la experiencia más hermosa que viví desde que empecé el viaje por África. Parece ser que Zimbabue tiene una energía diferente de la que me habían comentado.

Diario Zimbabue 1

(En la escuela de Marula)

Continué el viaje pedaleando por un mar de colinas. Constantemente el cielo me decía que iba a gozar de una ducha natural, pero no cayó ni una gota en todo el día. En la carretera vi a un pequeño camaleón, estaba intentando cruzar al otro lado pero se dejó ayudar, se subió a mi mano y lo llevé a lugar seguro.

Diario Zimbabue 2

(Sosteniendo al camaleón)

Con la última hora de la tarde atravieso Bulawayo y busco campamento a las afueras. Pregunté en varios hoteles, gasolineras y en la comisarías de policía, pero no me ayudaron en ningún lugar. Así que hice uno de mis clásicos movimientos, llamar a la puerta de una casa. La respuesta fue totalmente diferente, solo pregunté por acampar en el jardín y al final dormí en cama, me invitaron a cenar y por la mañana a desayunar. Siempre que he pedido ayuda a lo largo del viaje ha habido alguien dispuesto a ofrecérmela, y Zimbabue no estaba siendo la excepción.

Gracias al puré de avena, los huevos fritos y los plátanos del desayuno, pedalee como un animal las primeras 3 horas de la mañana. Me detuve en un pequeño puente para descansar y prepararme un sándwich de la peor mantequilla de cacahuetes que he probado jamás.

A los pocos kilómetros fui a un restaurante para pedir agua, y un señor que al pasar con el coche me vio comer en el puente, me invitó a comer Sadza. Un plato constituido por un puré hecho de harina de maíz, acompañado de una porción de carne y una ración de verduras. Es un de las bases de la alimentación en la mayoría de los países africanos.

Con la noche encima llego a un pequeño pueblo, donde pregunto al trabajador de una gasolinera donde acampar. ¿Dormir con la tienda? Me dijo en ingles, duerme mejor en mi cuarto, esta a punto de llover y yo tengo turno de noche…era mi tercer día en Zimbabue y la tercera vez que me hospedaban.

Inocent, mi nuevo colega, vivía en unos barracones detrás de la estación de servicio. Tenía un cuarto con cama, luz y cocina eléctrica. Pude cenar una de las últimas sopas de noodles que me quedaban, mientras la lluvia golpeaba la plancha de metal que tenía como tejado.

Diario Zimbabue 3

(Junto a Inocent)

Me despido de Inocent y pedaleo duro hasta llegar a Gweru. Hago una breve parada para recargar agua, y antes de terminar un niño se me acerca pidiéndome dinero. No es la primera vez que me pasa en mi vuelta al mundo, de hecho me ha ocurrido cientos de veces. Mi respuesta siempre ha sido la misma: “Dinero no amigo, pero si tienes hambre te invito a comer”. Pero esta vez no tenía ni para comer yo. Solo le pude desear suerte, aunque se perfectamente como funciona esto, si el chaval consigue dinero jamás es para él, siempre hay alguien detrás que lo fuerza. Por eso, cuando puedo, les invito a comer algo rico.

Estando a pocos kilómetros de Gweru empieza a llover con fuerza, me detengo en un pequeño almacén de madera donde me dejan resguardarme. Tras una hora esperando junto a los empleados se hace tarde y se van a cenar. Me piden que les acompañe y comparten conmigo un plato enorme de Sadza.

Antes de que la oscuridad fuera total la tormenta me da una breve tregua, lo suficiente para avanzar 20 kilómetros hasta una gasolinera con una zona techada. Me dejan acampar, conectar el teléfono y tender toda mi ropa. Cené las dos últimas sopas que me quedaban, ya no tenía nada más de comida, ni siquiera la rancia mantequilla de cacahuete.

Con la salida del sol alcanzo el pueblo de Chegutu. Apenas pude pedalear 40 kilómetros estando en ayunas y tardé casi 4 horas. Estuve descansando en el suelo de la calle, feliz a pesar de todo. Por primera vez desde que entré en Zimbabue el sol brillaba, y por fin tenía toda la ropa seca.

Cualquiera pensaría que es una situación imposible de superar. Estar tirado en una calle en medio de África, hambriento y sin dinero, siendo un símbolo del dólar en este continente, un blanco europeo con una moderna bicicleta. Pero a los 20 minutos un señor se paró a hablar conmigo, me ofreció invitarme a un refresco pero yo le respondí que necesitaba algo de comer. Terminamos teniendo una larga conversación mientras devoraba unas pechugas de pollo con patatas.

Con el estomago lleno aproveché las ultimas horas de luz para llegar a Selous. Vi mucha gente bebiendo y pasándolo bien en el único hotel de la zona. Me saludaron mientras me decían que me acercara. Siempre he dicho que una buena sonrisa te abre muchas puertas, y esta vez funcionó mejor que nunca.

Conocí al dueño del Hotel, Forget. Me ofreció acampar en el jardín y pude darme una ducha fría. Cuando terminé de instalar mi campamento me invitó a cenar Sadza y a varias cervezas. Después fuimos a jugar al billar y todos querían retar al único blanco del bar, perdí la primera partida pero luego fui imbatible. Me dieron a probar la cerveza local, el “Skas”, preparada a partir del maíz fermentado. Es una bebida muy curiosa, me invitaron a beber hasta reventar y me gustó!

Me fui a dormir con una sonrisa de oreja a oreja, después de hablar con todo el mundo, de transmitir mi buen rollo y disfrutar bailando medio borracho.

Diario Zimbabue 4

(De fiesta en Zimbabue)

Empezando el día con la resaca mañanera y digiriéndola en la bicicleta, consigo alcanzar la capital zimbabuense al final de la jornada. Tras conectarme al wifi de una gasolinera, vi que un follower me había enviado 20€, fue como agua vendita. Después de cenar como una bestia, estuve pensando donde iba a dormir esa noche y decidí probar algo nuevo. En el mapa localicé un Club de Golf y me dije: Si hay no tienen césped de sobra para que pueda acampar, me jubilo!

Si estoy escribiendo esto desde Malawi, claro está que me dejaron dormir con la tienda. El guarda nocturno fue muy amable y por la mañana me pude dar una ducha caliente, la primera desde que crucé la frontera.

En Harare vive David Martin, ciclista profesional zimbabuense. El pasado octubre batió el récord mundial, al pedalear desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo en tan solo 38 días, 12 horas y 16 minutos. Me puse en contacto con él y me recibió en su casa donde pude descansar. Después de trabajar duro con el ordenador, conseguí recaudar dinero suficiente para llegar hasta la frontera con Zambia, y pagar los 50 dólares del visado. Recogí mi nuevo pasaporte en la embajada y repuse fuerzas siguiendo la alimentación de un ciclista de élite.

Diario Zimbabue 5

(Junto a David Martin en Harare)

Antes de retomar la marcha tuve que afrontar una pérdida incalculable. Mi querida GoPro, que me había seguido desde el inicio, dejo de funcionar. Hice todo lo posible por revivirla, pero tristemente, su descanso había llegado. De aquí en adelante solo me queda la cámara de fotos para grabar vídeos, efectiva pero insuficiente. Lo importante es continuar teniendo la oportunidad de seguir luchando para documentar mi viaje.

Dejé atrás Harare para poner rumbo a la frontera con Zambia. Durante 3 jornadas solo pedaleo subiendo o bajando colinas, no hay nada llano. El sol aprieta y mientras mis primeros días fueron pasados por agua, los últimos estaban siendo empapados en sudor. La carretera era muy estrecha y el transito de camiones elevado, pero respetan al ciclista. Reducían la velocidad y dejaban una distancia generosa para adelantarme, actitud que no he visto en muchos países.

En Makuti acampo en la comisaría y me despido de la carretera principal. Quería visitar el Lago Kariba pero para ello debía atravesar 70 kilómetros de un Parque Nacional, en el que entre otros animales, predominaban los leones. Debía empezar la jornada después de las 10:00 am, cuando el sol aprieta y la actividad de los depredadores disminuye.

Diario Zimbabue 6

(Atravesando el Parque Nacional para llegar a Kariba)

Los primeros instantes en la solitaria carretera tuve un subidón de adrenalina alucinante, aunque también estaba bastante asustado. Mi dos únicas armas eran mi cuchillo y un potente silbato de gas, que lanza un pitido muy fuerte y agudo. El día que lo compré en Sudáfrica pensé que si a mi casi me deja sordo, a un animal con un oído 10 veces más potente le debe causar pánico.

Me fui calmando poco a poco a medida que pedaleaba, hasta que me encontré con 20 operarios de carretera cortando la hierba de los bordes. Me paré a hablar con ellos, me volvieron a advertir de la presencia de leones, y me presentaron al cazador que les protegía en todo momento. No es normal verlos cerca de la carretera, me dijo, pero puede pasar. Son momentos en los que detesto ser un terco cabezón, aunque se perfectamente que no puedo remediarlo.

Seguí pedaleando y en 70 kilómetros solo me crucé con babuinos, de hecho a uno casi lo atropello. Se cruzó delante mío mientras bajaba una colina a gran velocidad, pero pude esquivarlo.

Finalmente llego a Kariba sin sufrir percance alguno y con la diosa fortuna lanzándome nuevamente un guiño. A los pocos minutos de llegar al pueblo conocí a Dick, un escoces afincado en Zimbabue desde hace un par de décadas. Me invitó a su propiedad situada en la orilla del lago, y pude ocupar su cuarto de invitados.

Mientras aun estaba organizando todo, un elefante pasó cerca de su jardín. Me quedé petrificado, aunque para Dick era el pan de cada día y nos acercamos hasta tenerlo cara a cara. Más tarde fuimos a la orilla donde pude ver hipopótamos, cocodrilos y más elefantes, dos de ellos estaban jugando y escuchaba los golpes que se daban, eran unos bestias.

Diario Zimbabue 7

(Elefantes del Lago Kariba)

Por la noche, mientras cenábamos, se cortó la luz durante 30 segundos. No le dimos mucha importancia y seguimos charlando. Me ofreció acompañarle por la mañana dentro del Parque Nacional, tenía que dejar a 3 guardas dentro de la reserva. Su misión, localizar y deshabilitar las trampas de los cazadores furtivos. La verdad es que no daba crédito a la suerte que estaba teniendo. En Botsuana me quedé con unas ganas bárbaras de hacer un safari, y ahora lo iba a hacer bajo invitación.

Salimos bien temprano y después de recoger a los guardas entramos dentro de la reserva, donde toda la vida salvaje amanecía junto a nosotros. Cocodrilos, cebras, búfalos, hipopótamos y elefantes, aunque ni rastro de los leones.

Diario Zimbabue 8

(Dick sosteniendo una de las trampas. Lazos de alambre para apresar la pata de cualquier animal)

Al regresar encontramos la explicación al corte de luz de la noche anterior. Los tendidos eléctricos que transportan la electricidad producida en la Presa Kariba, están demasiado bajos en una zona cercana al pueblo. Un elefante los tocó por accidente al pasar en la oscuridad de la noche, y murió electrocutado. Un desafortunado final para el más grande de la sabana africana, y todo por una negligencia de la compañía eléctrica que no hace nada por remediarlo. Cada año mueren 6 elefantes en el mismo punto.

Antes de abandonar el lugar me hice una fotografía denunciando la situación, y la envié a todas las protectoras de animales. En ella pongo como referencia mi cuerpo para mostrar la altura del cable con respecto al suelo. Nada ha cambiado, porque ninguna protectora me ha confirmado que se puedan tomar medidas legales para solucionarlo.

Diario Zimbabue 9

(Foto denuncia poniendo mi cuerpo como referencia a la altura del tendido eléctrico)

Cuando nos fuimos el elefante estaba de una sola pieza, pero la gente se estaba agolpando para esperar su ración de carne. Pasada una hora volví y había varios hombres despellejándolo, se estaban repartiendo los primeros trozos de carne mientras seguía llegando más personas. Jamás olvidare el olor del interior del elefante, se me ha quedado insertado en la memoria y nunca podré dejar de recordarlo. Admito que no estoy en contra de que se aprovechara la carne del animal, aunque me dio la sensación de que la gente esperaba cada semana a que cayera fulminado otro elefante más, para tener ese día carne gratis.

La siguiente vez que volví la imagen se me quedo grabada en la retina. Ya no había orden ni nadie que lo estableciera, todo era un caos. No se podía apreciar al elefante, todo el mundo estaba alrededor y dentro de él, peleando por llevarse el trozo más grande, limando los huesos y forcejando los unos con los otros. Ni me atreví a acercarme.

De regreso a casa de Dick, le doy cuidados a Bucéfalo y le hago una buena limpieza. Por la mañana me despido del Lago Kariba y cruzo la frontera con Zambia bastante pensativo.

Zimbabue había sido una experiencia reveladora. Es un país que tiene muy mala fama, difundida por personas que jamás han puesto un pie en el. Conseguí pedalear 600 kilómetros sin dinero porque toda la gente que conocí quiso ayudarme, y fueron felices ayudándome. En Harare descansé varios días en la casa de un ciclista de elite, porque a pesar de ser un novato a su lado, nos une el compañerismo. Pude disfrutar del lago durmiendo cerca de la orilla teniendo cama y baño privado, porque un señor se me acercó y me preguntó si sabia donde iba a dormir.

Si nos dejáramos llevar por las opiniones negativas, viviríamos encerrados en casa aterrados por salir a la calle, pero creerme cuando os digo que el ser humano es bueno por naturaleza. A pesar de que hay gente que se tuerce a lo largo del camino, las personas de buen corazón predominan en este mundo.

“Donde menos esperas encontrar, es donde más acabas recibiendo”

Diario Zimbabue 10

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Botsuana

Etapas:

13/02/2016 Tsootsha – Ghanzi (129 Km).

14/02/2016 Ghanzi – Kuke (113 Km).

15/02/2016 Kuke – Sehithwa (80 Km).

16/02/2016 Sehithwa – Maun (102 Km).

17-19/02/2016 Descanso en Maun.

20/02/2016 Maun – Makgadikgadi Pans National Park (106 Km).

21/02/2016 Makgadikgadi Pans National Park – Gwetta (115 Km).

22/02/2016 Gwetta – Nata (100 Km).

23/02/2016 Nata – Mosetse (78 Km).

24/02/2016 Mosetse – Francistown (110 Km).

25/02/2016 Descanso en Francistown.

26/02/2016 Francistown – Tsamaya (46 Km).

27/02/2016 Tsamaya – Marula (Entrada en Zimbabue) (91 Km).

Botsuana: En busca de la fauna salvaje

Mi entrada en Botsuana me acercaba más que nunca a la sabana africana. Impaciente por observar la vida salvaje avancé por la llanura para llegar a Maun. Pedaleando por las interminables rectas de asfalto me sentía como un intruso. La carretera esta rodeada por la hierba pero solo unos metros, luego comienza el dominio de la vegetación, árboles y matorral bajo que no te permiten ver con profundidad que es lo que merodea a tu alrededor.

Me daba bastante tranquilidad la presencia de vacas, caballos y burros salvajes junto a la carretera, donde se concentra el pasto más tierno. Digo tranquilidad porque al menos me sentía como el bocado menos suculento. A pesar de ser poco probable toparse con un depredador por esa zona, es imposible no sentir ese picor en la boca del estomago cuando escuchas un sonido a tu alrededor.

La primera noche en mi trigésimo séptimo país de mi vuelta al mundo, dormí camuflado junto a un árbol a pocos metros de la carretera. Fue una noche inquietante en la que una terrible pesadilla interrumpió mi placentero sueño. Me desperté tan agitado y desorientado, que no sabía que estaba en Botsuana, solo sabía que era de noche y que estaba dentro de la tienda. Amanecí fatigado y después de desayunar me dispuse a tomar la profilaxis de la malaria. Desde hace una semana empecé a medicarme para combatir tan temible enfermedad. Curiosamente durante esa semana no había descansado bien ninguna noche, me despertaba agotado después de dormir 8 horas y pedaleando no me sentía al 100%. La inquieta noche que pasé fue la última porque decidí dejar de tomar Malarone. Los efectos secundarios me estaban destrozando.

Me puse en marcha sin gozar de una ducha mañanera y rebozado en mi sudor, como de costumbre. Coincidencia, casualidad o acierto, pedalee con mejor rendimiento que cualquier día de la semana anterior. Parece que la profilaxis de la malaria me estaba robando la energía, y solo me queda tocar madera para no contraerla. Pero si ese fatídico mosquito viene a mi, tomaré medidas para superar el obstáculo, como siempre he hecho. Hasta entonces, simplemente voy a disfrutar extremando las precauciones para que no me piquen.

Finalizo la jornada en una pequeña aldea, donde acampo junto a las chozas de barro y paja. Por la mañana me da los buenos días un cielo claro y azul, pero la época de lluvias está comenzando y la climatología en África es difícil de predecir. Por la tarde me agarra una tormenta, no llueve de forma constante, se iba desplazando hacia el Sur y el cielo descarga agua cada 5 minutos de forma intermitente. Gloriosa ducha natural que me da un respiro y aclara la suciedad de mi ropa.

Diario Botsuana 1

(Acampando en un pequeña aldea de Botsuana)

Al cuarto día en Botsuana alcanzo Maun. En la embajada española de Windhoek me dieron el contacto de Edurne, cónsul honoraria. Hace 20 años creó una agencia de safaris para visitar el Delta del Okavango. Edurne me recibe con los brazos abiertos y me deja ocupar su casa de invitados. Me relajo durante varios días durmiendo en cama, con baño privado, cebándome de buena comida y por primera vez desde que dejé atrás Cape Town, lavo la ropa en una lavadora.

Su esposo es guía profesional de safaris y me da un valioso consejo. Durante sus expediciones siempre lleva un puñado de arena fina en el bolsillo, para interrumpir el ataque de un león lanzándosela a los ojos. Espero nunca tener que ponerlo en practica.

La segunda noche en Maun, Edurne organiza una cena para la reducida comunidad de españoles. Fue cuando conocí a Marcus, piloto de avionetas, que me ofreció acompañarle en un vuelo para recoger a 11 clientes de un Lodge dentro del Delta del Okavango. Por la mañana despegamos y desde el aire vemos cocodrilos e hipopótamos, aterrizamos en la pista de tierra dentro del Parque Nacional y se suben todos a bordo. En el despegue, más digno de un rally, observamos a una manada de elefantes caminando por la inmensa llanura. Una experiencia única!

Diario Botsuana 2

(Junto a Marcus dentro del Delta del Okavango)

Después de reponer fuerzas y decidido a continuar la aventura, organizo todo para continuar la marcha, pero por primera vez en África no iba a pedalear solo. Frank, uno de los guías de safaris de Edurne y aficionado a la bicicleta, decide acompañarme hasta la ciudad de Nata, a 300 kilómetros al Este.

Diario Botsuana 3

(Junto a Edurne, su marido y Frank)

El primer día volamos con el viento a favor y alcanzamos la entrada del Makgadikgadi Pans National Park. Con el atardecer encima, montamos el campamento junto a un árbol, y preparamos la hoguera para mantener a los depredadores a raya durante toda la noche. A nuestro alrededor se pueden apreciar las zonas de paso de los animales de un lado a otro de la carretera, como inmensos agujeros entre los arbustos que solo un animal de gran tamaño podía hacer. Mientras estaba recogiendo leña con los últimos rayo de luz, tuve la hermosa oportunidad de contemplar un elefante pasar a 200 metros del campamento. Fue toda una sorpresa porque no me lo esperaba, pasó andando como si nada, como si no existiéramos. Fue la primera vez en mi vida que veía un elefante salvaje desde tan cerca.

Diario Botsuana 4

(Lejana fotografía que tomé al elefante que pasó por nuestro campamento)

Encendí el fuego con una sonrisa estampada en la cara, todo me parecía tan emocionante. Frank estaba como si nada, a fin de cuentas ha crecido rodeado de esta fauna salvaje, pero yo estaba entusiasmado.

Antes de dormir Frank me advierte: Nada de comida dentro de la tienda. Si tienes cualquier alimento con olor a carne, las hienas y leones vendrán a por ti, si tienes fruta puedes atraer a los elefantes. El fuego nos protegerá durante toda la noche, pero las hienas no lo temen, es probable que vengan a oler e inspeccionar este nuevo arbusto de su territorio, es decir, la tienda de campaña. Debes estar tranquilo y no agitarte, ellas vendrán, olerán, inspeccionaran y finalmente, se alejaran.

Esa noche cerré los ojos con la ilusión de despertar por la mañana y ver las huellas de las hienas alrededor de mi campamento, pero al salir el sol solo había rastro de miles de insectos que se refugiaron bajo mi tienda.

Llegamos al primer pueblo con el fresco de la mañana, donde desayunamos judías con Fat Cakes, unos buñuelos cargados de energía. Frank hace de intérprete y simplemente me dejo llevar siguiéndole a haya donde vaya.

Atravesamos dos Parques nacionales que están separados por la carretera. Al Norte tenemos el Nxai Pan National Park con menos concentración de agua, y al Sur el Makgadikgadi Pans National Park con el Río Boteti y el Lago Nwetwe, en el que se concentra la mayoría de la vida salvaje del lugar, debido a la abundancia del preciado elemento.

Mientras pedaleamos, constantemente contamos con la presencia de los Ñandúes. En la carretera Frank reconoce las heces de una hiena, son recientes me dice, menos de dos días. Los excrementos de hiena empiezan a blanquearse pasadas 24 horas, debido al exceso de calcio procedente de los huesos que comen. Estaba ansioso por ver alguna.

Diario Botsuana 5

(Heces de una hiena)

Durante el camino mi guía personal me cuenta como hace dos años un motorista alemán, falleció en esta misma carretera a manos de un elefante. El animal se le cruzó en la carretera, y el motorista para espantarlo revoluciono el motor al máximo para asustarlo con el potente sonido, pero la respuesta del elefante fue envestirlo hasta la muerte.

En una de sus últimas expediciones como guía de safaris, Frank guiaba a un pequeño grupo de turistas a pie. Él iba 20 metros por delante cuando un elefante empezó a caminar hacia ellos, Frank se escondió detrás de un arbusto esperando la reacción del animal, mientras el grupo se ocultaba junto a un árbol. Cuando lo tuvo frente a él, decidió mostrarse con los brazos levantados para parecer más grande e intimidarlo. El elefante dudo, y ante la duda siempre envisten. Frank recibió un trompazo en la ingle y estuvo a punto de perder las joyas de la corona. Finalmente el grupo espantó al animal gritando y levantando las manos.

Estos relatos no hacen más que aumentar mi curiosidad sobre la actitud de cada animal, y cual sería el correcto comportamiento ante la situación de tenerlos frente a frente. Bombardeo a Frank con miles de preguntas, abro los oídos y memorizo todos y cada uno de sus consejos. Es una mina de información que probablemente en el futuro tenga que poner en práctica.

Con la llegada a Gwetta dejamos atrás los parques nacionales, y donde nos esperaba una recompensa con la firma de Edurne. Antes de salir de Maun nos dejó pagada una noche en el camping Planet Baobab, con cena y desayuno incluido. En las cercanías del campamento se concentran los enormes Baobab, majestuosos árboles que llegan a medir 30 metros de alto y 11 metros de diámetro, en sus más de 1000 años de vida.

Diario Botsuana 6

(Bucéfalo junto a un Baobab)

El buffet libre del desayuno nos dejo fuera de combate durante dos horas mientras hacíamos la digestión, y comenzamos a pedalear a mediodía en nuestra última jornada juntos. Antes de llegar a Nata tuvimos que buscar refugio en una granja cercana a la carretera, donde pasamos la tormenta que teníamos justo encima.

Esperamos una hora a que la lluvia cesara dentro de una cabaña de barro y paja. Aprovechamos para hablar de la conducta de los elefantes, lo unidos que están sus grupos, los sentimientos que se procesan, la memoria que los caracteriza y uno de los comportamientos más increíbles, cómo los despiden antes de abandonar la manada para alejarse y morir en soledad, para luego rendirles un particular homenaje póstumo cuando se encuentran con sus restos, tocando con sus trompas y pezuñas los enormes huesos.

(Reflexionando junto a Frank en la cabaña de barro y paja)

Nata es el último pueblo en el que acampo con Frank. Por la mañana me despido del mejor guía de safaris que he conocido y continuo mi viaje en solitario.

Francistown es la última gran ciudad que visito en Botsuana antes de llegar a la frontera con Zimbabue. Fue una parada técnica de un día para trabajar con el ordenador utilizando el wifi del aeropuerto. La primera noche cuando me disponía a dormir en la sala de espera, uno de los operarios conocido por sus compañeros como Mr T, me ofrece acampar en el jardín de su casa. Los trabajadores del aeropuerto viven en una pequeña zona residencial construida a menos de 500 metros, y era una zona segura para dormir. La segunda noche uno de los compañeros de Mr T directamente me ofrece una cama en su casa. En Botsuana hay largas extensiones de terreno salvaje y no hay mucha población, pero las pocas personas con las que me crucé en el camino, fueron sencillamente maravillosas conmigo.

Diario Botsuana 8

(Colorado On The Road junto a Mr T)

Con 30 dólares en metálico en el bolsillo para pagar las tasas de mi próxima frontera, puse rumbo a Zimbabue bajo la lluvia. No duré mucho tiempo pedaleando y a los 50 kilómetros paré en un pequeño pueblo, para buscar refugio en una zona techada de la comisaría. Pude secar la ropa y los agentes me dieron de cenar. Finalmente hice noche allí porque la tormenta no cesaba.

Atravesé el puesto fronterizo con Zimbabue con hambre de más. Me hubiera gustado hacer un Safari salvaje por el Delta del Okavango, pero claro está, los elevados precios me dejan fuera de toda expedición. La bicicleta te limita mucho, pero a la vez ha sido la que me ha dado alas. De no ser por ella jamás hubiera compartido esta experiencia junto a Frank, y sobre todo, jamás hubiera aprendido tanto de él. Hay una frase que me dijo que se me quedó grabada en la memoria:

“Si te sientes como un intruso en un entorno salvaje, es porque lo eres”

 

Sudáfrica

Etapas:

08-29/12/2015 Descanso en Cape Town.

30/12/2015 Cape Town – Kleinmond (117 Km).

31/12/2015 Kleinmond – Gansbaai (85 Km).

01/01/2016 Gansbaai – Struis Bay (85 Km).

02/01/2016 Struis Bay – Caledon (122 Km).

03/01/2016 Caledon – Franschhoek (98 Km).

04/01/2016 Franschhoek -Morreesbury (103 Km).

05/01/2016 Morreesbury – Citrusdal (86 Km).

06/01/2016 Descanso en Citrusdal.

07/01/2016 Citrusdal – Trawal (104 Km).

08/01/2016 Trawal – Lutzville (63 Km).

09/01/2016 Lutzville – Bitterfontein (76 Km).

10/01/2016 Bitterfontein – Kharkams (92 Km).

12/01/2016 Kharkams – Springbok (96 Km).

12/01/2016 Springbok – Kleinsee (111 Km).

13/01/2016 Kleinsee – Port Nolloth (70 Km).

14/01/2016 Port Nolloth – Alexander Bay (89 Km).

15/01/2016 Alexander Bay – En mitad del Desierto (64 Km).

16/01/2016 En mitad del Desierto – Rosh Pinah (61 Km) (Entrada en Namibia).

Sudáfrica

Aterricé en Ciudad del Cabo después de veintitantas horas encerrado en aviones y aeropuertos. Estaba hecho polvo de todo el viaje, en un avión se duerme pero nunca se descansa. El equipaje estaba en orden, aunque Bucéfalo había sufrido un poco de maltratos, por suerte lo embalé y protegí a conciencia antes de facturarlo en Sao Paulo.

Por suerte John estaba esperándome, un follower sudafricano aficionado al ciclismo, que me brindó su hospitalidad durante los días que hice la puesta apunto para encarar el reto de cruzar África a puro pedal.

John me llevó en coche hasta su casa en un barrio muy tranquilo, a 30 kilómetros al Sur del centro de Ciudad del Cabo. En su propiedad tiene una antigua escuela que a convertido en un hotel. Me dejó ocupar una habitación con baño privado y agua caliente, además tenía cocina, piscina, espacio y tiempo para reorganizarlo todo. Es un privilegio que empecé a disfrutar durmiendo 12 horas seguidas.

Por la noche cené con John y su familia, su esposa Talitha y su hija Lulu. Aun estaba con la cabeza enfrascada por el viaje y el jet lag, pero sobretodo asimilando que ya estaba en África. Después de más de un año hablando Español en Latinoamérica, volvía a utilizar mi oxidado inglés.

La primera semana la pasé tranquilamente. Comiendo y durmiendo bien, actualizando mi web y las redes sociales, organizando fotos, vídeos y diarios para publicar, limpiando toda la ropa y el equipo, repasando todo el material y terminé haciendo una larga lista de cosas que necesitaría para cruzar el cuarto y último continente del viaje.

Con el dinero recaudado en el Crowdfunding pude comprar: Linterna, pilas, un pantalón, un par de camisetas de manga larga para pedalear, calcetines, unas botas nuevas, ropa interior…llevaba más de un año sin comprarme ropa. Encargué a una tienda de Holanda dos cubiertas Schwalbe Marathon Mondial 700x40C y un portaequipajes trasero Tubus. Me hice con crema solar, repelente de mosquitos, cinta americana, guantes de ciclismo, dos caramañolas de aluminio, kit de reparación para pinchazos y bridas. Bucéfalo paso por el taller para recibir un mantenimiento exhaustivo. Le cambiamos los piñones, la cadena, alineamos las dos llantas, apretamos los radios, cambiamos los frenos y me llevé 10 radios, dos juegos de pastillas de frenos y dos cámaras de repuesto. En cada recado, en cada compra y en cada paso de la preparación sentía que estaba comenzando un nuevo viaje, y de hecho así era.

Los días fueron apacibles y tranquilos, aunque una mañana hablando con uno de los pintores que estaba restaurando la fachada del edificio, vimos como una serpiente Boomslang intentaba entrar a la cocina por la ventana. Nos ayudamos de un palo para dirigir a la venenosa serpiente lejos de la casa, aun no había dado ni una pedalada y me había topado con mi primera aventura.

Diario Sudáfrica.1

(Sacando la serpiente Boomslang)

Los neumáticos y el portaequipajes que encargué tardaban demasiado en llegar. Los enviaron por correo ordinario ya que era la opción más económica, pero el retraso se debía especialmente a que las navidades estaban a la vuelta de la esquina y el servicio postal es más lento de lo que suele ser.

Sin darme cuenta llegó el 24 de Diciembre, y digo sin darme cuenta porque con días soleados y 30ºC me es complicado ubicarme en tan señaladas fechas. A pesar de echar más que nunca en falta a mi familia y amigos, viví mis terceras navidades del viaje junto a John y su familia, disfrutando de la nueva experiencia. Durante la cena tuvieron el precioso detalle de dejarme un regalo bajo el árbol, una camiseta con un repelente de mosquitos para las noches africanas que me deparaban. Curiosamente cada navidad del viaje las he pasado en un continente diferente. Después de vivirlas en Asia, América y África, espero que las próximas sean en Europa.

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(Pasando las navidades en Ciudad del Cabo con John y su familia)

A dos días de fin de año Talitha recibió un mensaje en su teléfono móvil, el envío ya había llegado a la oficina de Ciudad del Cabo. Mientras John conducía hacia el centro de la ciudad, solo podía pensar en que me depararía esta nueva aventura, que sorpresas me tenía preparadas y que obstáculos tendría que superar. Después de tanto tiempo viajando y de afrontar tantas complicaciones, quien me iba a decir a mi que estaba apunto de emprender el viaje de vuelta a casa cruzando África en bicicleta.

Nada más volver a casa de John instalé los nuevos neumáticos, y escribí en ellos los 64 nombres de los Crowdfunders que me habían dado la oportunidad de seguir luchando. Acoplé el nuevo portaequipajes y con el antiguo en la mano pude ver lo verdaderamente destrozado que estaba. Me lo dieron de regalo al comprar las alforjas antes de empezar el viaje, y recuerdo como el dependiente me dijo: “Ese portaequipajes solo te vale para salir del paso”, y justamente eso mismo ha hecho, salir del paso durante 48.000 kilómetros y numerosas caídas.

John hizo una barbacoa de despedida y casi no encontraba las palabras para agradecerles todo lo que hicieron por mí esas 3 semanas. Con la salida del sol empezaba mi aventura por África y di la primera pedalada. Puse rumbo en dirección Sureste para visitar el punto más al Sur del continente, el Cabo de las Agujas, situado a 300 kilómetros de Ciudad del Cabo.

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(Empezando el viaje por África)

El calor era intenso y el sol pegaba muy duro. Estrenaba mi nuevo sombrero que fue un regalo de un venezolano que conocí en mi última noche en Sao Paulo, y juntos le dimos el nombre de Caipiriño.

No fui muy prudente al pedalear con tanta fuerza después de un parón tan largo, pero el cuerpo me lo pedía. Al atardecer inicié mi primera búsqueda del campamento en África, pregunté en un par de hostales haber si me dejaban acampar en el jardín pero no hubo suerte. Terminé pedaleando 15 kilómetros de noche para llegar a un camping, en el que tampoco me permitieron entrar porque las oficinas estaban cerradas, ordenes del jefe, así que decidí acampar en la entrada y punto. Por la mañana hablé con el dueño a ver si podía utilizar los baños, pero no me dejó porque no había pagado.

La segunda jornada fue a la vez el último día del año. Mi intención era llegar hasta el Cabo de las Agujas, pero el largo periodo sin pedalear unido a la dura marcha que llevé el día anterior derivó en un agudo dolor en la rodilla izquierda, mi pierna dominante. Había forzado mucho los tendones en mis primeros kilómetros en África.

Bastante dolorido y con el viento en contra conseguí abarcar 85 kilómetros. Llegué a un camping que estaba totalmente lleno, pero que me recibió con una energía muy acogedora. La dueña me invitó a acampar sin coste alguno, puse mi hogar portátil al lado de una familia que me invitó a cenar, brindamos todos juntos y les enseñé como recibimos el año en España: Comiendo las doce uvas por cada campanada del reloj de la Puerta del Sol, eso si, imitando las campanadas con una cuchara y una botella vacía. Ya puedo estar en cualquier parte del mundo, que yo el 31 de Diciembre me tomo mis doce uvas, si o si!

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(Preparado para recibir el año con las uvas, y para brindar un vino barato aunque rico)

El primer día del año, alcanzo Struis Bay después de haber palpado mi primera pista de tierra atravesando el Parque Nacional de las Agujas. La rodilla me da menos problemas en esta jornada y paso la noche acampado junto a la playa. Por la mañana fui a desayunar al punto más al Sur del continente, donde se unen los Océanos Atlántico e Índico. Es en este lugar donde ubiqué mi kilómetros cero en África, decidido a luchar por conectarlo con Alejandría a base de pedaladas.

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(En el punto más al sur del continente africano)

Con nuevo rumbo el terreno cambió. Yendo hacia el norte las colinas no dejaron que mi rodilla se recuperase, parecía una broma de mal gusto empezar con esta complicación. Los días transcurren con un calor demoledor, el termómetro se fijaba durante varias horas en los 45ºC y había momentos que alcanzaba los 50º C. El sol rebasa el horizonte a las 05:30 am, y a las 06:00 am el interior de la tienda es un horno. Mi cuerpo necesita en esas condiciones un litro de agua a la hora. Empiezo a disminuir poco a poco el agua que ingiero para curtir el cuerpo y prepararlo para Namibia. Finalmente disminuyo la cantidad a la mitad.

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(El sol no perdona en África)

Escalo mi primer puerto de montaña y siento la rodilla totalmente recuperada. Me invitan a acampar y a cenar en un B&B. Parece que la experiencia de mi primera noche en ruta, fue simplemente que me crucé con los tres únicos antipáticos de Sudáfrica. Estaba volviendo a coger el ritmo y a sentir la energía a la que estoy acostumbrado. Pero cometí un serio error antes de salir de Ciudad del Cabo y lo iba a pagar caro.

Intentando estirar el dinero del Crowdfunding, me arriesgué a no cambiar los pedales con la esperanza de que aguantaran un par de meses más, a pesar de que sabía que estaban muy dañados. Terminando una etapa se cayó el pedal derecho después de moler la rosca del plato. Lo que me podría haber salido barato ahora me saldría caro.

Después de empujar 15 kilómetros, llegué a un puesto de policía donde me apañaron un pedal con un tornillo largo y un par de tuercas. Pedalee 23 kilómetros más hasta el siguiente pueblo donde cambié los pedales y el plato. Con la ultima visita de Bucéfalo al taller y unos pedales que ya no chirriaban, seguimos cruzando largas pistas de tierra.

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(Improvisando un pedal con un tornillo y dos tuercas)

Una noche terminé acampando junto a un pueblo y recogiendo agua de una tubería rota. Antes de dormir se me acercó un señor que de casualidad me vio con la última luz del atardecer. Fue bastante pesado hablándome de su vida, me contó que estuvo en la cárcel por drogas y me pidió que le invitara a una cerveza, después me pidió directamente dinero y le dije a todo que no. Antes de irse me lanzó un aviso-amenaza: “Ten cuidado que esta noche te pueden asaltar”. Tengo mucha paciencia pero cuando esta se me acaba dejo de ser educado, así que le hice saber mi aviso-amenaza: “Solo tú sabes que estoy aquí durmiendo, si algo me pasa, ya se a por quien tengo que ir”. Nadie más vino a molestarme en toda la noche, pero no dormí nada bien. Por la mañana recordé como intuí días antes que el pedal me daría problemas y decidí no hacer nada, de la misma forma que intuí un grabe peligro al no mover mi campamento después de tal aviso-amenaza y tampoco hice nada. Siempre digo que hay que hacer caso a tus instintos y yo mismo me salté la norma en dos ocasiones, pero ya no más. Parece que el largo letargo para cruzar el Atlántico me había hecho olvidar ciertas lecciones del viaje, y poco a poco las estaba aprendiendo de nuevo.

Después de varios días desconectado conseguí wifi la noche que dormí en Springbok, y leí un mensaje de Javier Bicicleting, con quien mantenía el contacto desde hacia meses. Estábamos coordinando un encuentro y todo apuntaba a que era el mensaje definitivo. Él estaba bajando en dirección Sur desde la frontera con Namibia e iba a hacer noche en Kleinsee, un pueblo que solo me quedaba a 110 kilómetros en dirección Oeste.

A buen ritmo pedalee los primeros 45 kilómetros por asfalto. Me crucé con los primeros babuinos del viaje, un macho enorme y dos hembras corriendo por el desierto. Los restantes kilómetros fueron por una pista de tierra bastante desastrosa, atravesando colinas, bancos de arena y con el viento en contra. No tenía mucha agua ni comida pero estaba clarísimo que el esfuerzo merecería la pena.

Cayó el sol y me rodeó la oscuridad. Alcancé al pueblo minero sin saber donde encontraría a mi compañero, así que los últimos kilómetros gritaba a cada minuto: “¡¡¡Españaaaa!!!”, esperando alguna respuesta en la silenciosa llanura. Atravesé una solitaria calle a las 22:00 pm y a lo lejos vi una pequeña luz moverse a medida que se acercaba…era mi tocayo que había salido a mi encuentro!! Bicicleting había llegado varias horas antes y la policía le había dado las llaves de una casa deshabitada para que nos sirviera de refugio.

Después de tantos meses hablando a través del ordenador el abrazo del encuentro fue mas que merecido. El acontecimiento se podría catalogar como único en el cicloviaje: Ambos somos Españoles y de Madrid, ambos llevamos una bicicleta Orbea Ravel y estamos dando la vuelta al mundo, sumamos entre los dos más de 100.000 kilómetros, y para rematar la faena ambos nacimos en la década de los ’80 y nos llamamos Javier. Coincidencias que nos hizo sentir que éramos amigos de toda la vida.

Javier Bicicleting estaba finalizando su viaje por África y el mío acababa de empezar. Mientras cenábamos compartimos muchas vivencias y me dio valiosos consejos. Me contó como era su viaje, y la verdad es que sentí bastante envidia de lo bien montado que lo tenía. Es fotógrafo profesional y periodista, vende artículos a revistas, recibe material de varias firmas y económicamente se mantiene. Básicamente vive viajando porque ha sabido como hacerlo, mientras que yo sobrevivo viajando. Aun no he podido descifrar porque a pesar de todo mi esfuerzo nunca he conseguido trabajar con una revista. Le di muchas vueltas a la cabeza antes de dormirme.

Por la mañana intenté abrir la puerta y rompí la llave, así que sacamos las bicis y todas las bolsas por la ventana, fue nuestra última anécdota juntos. Antes de despedirnos nos sacamos la foto de la victoria que quedará inmortalizada para la eternidad.

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(Javier Bicicleting & Colorado On The Road)

Las dos siguientes noches dormí en Port Nolloth y en Alexander Bay, a solo 12 kilómetros de la frontera con Namibia. Llegué al puesto fronterizo de Orajemund bien temprano, cancelé el visado de Sudáfrica, crucé el puente que atraviesa el Río Orange y estampé el visado de Namibia en mi pasaporte. Pero la carretera asfaltada que me llevaría hasta Rosh Pinah es propiedad de una empresa minera de diamantes, y me prohibieron pedalear por ella. Demasiados camiones me decían, no es seguro para ti. Así que tuve que volver a Sudáfrica para remontar el río Orange 80 kilómetros por unas pistas de tierra nefastas, hasta llegar al siguiente puesto fronterizo.

Bajo un ataque de testarudez me negué a regresar a Alexander Bay a por provisiones, sabiendo que tendría que hacer noche en le desierto. Al principio estuve más tiempo empujando a Bucéfalo que montándolo, hasta que cayó la tarde y poco a poco el calor aflojó a medida que la pista de tierra mejoraba.

Pasé la noche en lo alto de una meseta envuelto por el silencio y bajo el cielo estrellado. Cené lo último que me quedaba de comida y racionalicé el agua para la batalla del día siguiente.

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(Atardecer en el desierto)

Con el sol de nuevo en el horizonte inicié la marcha en ayunas antes de que el calor empezara a golpear. Fui bastante lento mientras empujaba en los bancos de arena y roca, en pocos tramos el terreno me permitía pedalear. Por suerte pasó un coche de policía que me dio dos litro de agua para los 30 kilómetros que tenía hasta la frontera. Después me ofrecieron remolcarme y agradecido les dije que no, me sobraban ganas de luchar.

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(Derrape en la arena)

La llegada a la frontera fue más amena pedaleando por una pista de tierra firme, y rodando a buena velocidad. Subí a una pequeña embarcación con la que crucé el Río Orange y por fin pisé Namibia. Pero aun tenía más de 31 kilómetros hasta el siguiente pueblo, Rosh Pinah. A pesar de estar molido, hice ese último tramo con tranquilidad y constancia. Finalmente llegué a la primera gasolinera donde bebí abundante agua mientras caía la noche.

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(Cruzando el Río Orange)

Había una larga cola para pagar  en la tienda, pero se me hizo llevadera. Una vez pude volver junto a Bucéfalo me senté en el suelo y preparé unos bocadillos, no había comido absolutamente nada en todo el día y había superado una etapa extremadamente dura y larga, pero comí sin ansia. Estaba feliz, sonreía mientras me sacudía el polvo de la ropa…había vuelto. La larga parada en Santos y Ciudad del Cabo me habían dejado dormido, pero por fin había despertado la inagotable fuerza que nunca me deja rendirme, que nunca me permite detenerme y que pase lo que pase siempre quiere que avance…había vuelto a ser yo!

“Si intentas ser mejor que los demás…al final siempre encontraras alguien que te supere.

Si luchas por ser mejor de lo que fuiste ayer…al final siempre te encontraras superándote a ti mismo.”

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Mi primera frontera en África: